lunes, 5 de noviembre de 2012

Paola

Adoro la lluvia, sobretodo en su cabello. Su voz es el susurro del agua. Sus lunares son de  chocolate y en su piel  hay miles de constelaciones, que te encantarían ver. Eternidad, infinito y horizonte son palabras cosidas a su mirada. Me gusta su hipo, comérmelo quisiera cuando lo vuelva a escuchar. Sus ojos son castaños e indescifrables, pero son obvios cuando buscan descifrarte a ti, como los que nunca quieren perder. 
Es propensa a provocar diluvios de miradas y que le quieran coser te quieros en la piel. Me encanta mirar el cielo y escribir deseos para ella en él. Adoro las tormentas que causan sus pensamientos, sus celos y sus inseguridades y las estrellas que caen en agosto brillando con sus caricias torpes en la calle. En mi almohada hay miles de sueños atrapados, su espalda es uno de ellos, todos con ella de dueña. Danzo con el azar pensando en verla y formulo alquimias a destiempo. 
Mis adioses siempre son sordomudos, por eso nunca me despido del todo, a veces suelto lágrimas que solo al dar la vuelta e irme se perciben. Tiene un universo propio, donde reinan el azar, los besos, el fuego y los dolores de nariz. La primera vez que la besé me quedo doliendo la boca, quería que me la terminara de comer toda. Siento nostalgia de ella a todas horas y esté donde esté vivo en la calle del crepúsculo, buscando sus labios, deseando su cuello. 
Es tan capaz de parar el tiempo. Huele a besos y a Flower, a cigarrillos y a sensualidad. Sabe a sal y a delirio con un Oh por Dios entre gemidos. Adoro la bipolaridad de los sentimientos que provoca en mí. La magia siempre fue su coartada y mis costillas siempre fueron su pasatiempo, podía morderlas hasta hacerme reír. Su mundo siempre apunta al sur, es allí donde los círculos pueden cuadrarse y las lágrimas sólo son migajas de pan que siempre me dejen un camino hacia ella, para nunca jamás perderme.