La llamamos amor,
ya se sabe, esa costumbre,
ganas de que la vida suene como un Chelo.
Ansias
de mudarnos a un sitio confortable
ver la vida sobre un flotador
y que no te toquen los rayos del sol
donde cambien pañuelos de lágrimas
por el reflejo de la luna sobre el agua,
donde se sirvan en agua frías, los milagros.
Y sentimos un ruido allí en el pecho
y abrimos con la esperanza de ver su rostro
y no hay nadie
sólo la ausencia vestida de pena
dando portazos.
