miércoles, 16 de enero de 2013

Labios sabor a whisky.

If you don't live it, it won't come out your horn.
-  Charlie Parker


Se sentía como el protagonista de una película de cine negro mientras caminaba por las calles cadavéricas de una París que respiraba como un chacal herido bajo la lluvia que caía incesante, como si quisiese lavar las manchas de la decadencia y el olor a basura y escoria. Podía imaginarse un solo de trompeta de Miles Davis mientras deambulaba sin rumbo a través de la noche, acompañado por la sutileza amarga de Bill Evans en el piano. Sonrió tímidamente al imaginarse en la pantalla de un cine de mala muerte de los 40 y se avergonzó de sí mismo. Le costaba admitir que le encantaría ser como Humphrey Bogart en alguna de esas películas que tanto le gustaban, en vez de ser un joven estúpido que caminaba bajo la lluvia sin ninguna otra razón que la necesidad de encontrar algo emocionante, de ver directo a los  ojos de la vida antes de ser tragado por la boca del chacal y desaparecer entre el humo de la monotonía. «Muchacho idiota» pensó. «Si no te mata algún degenerado te matará la neumonía que sufrirás después de mojarte así». Le sorprendió lo muy parecido que la reprimenda de su conciencia sonaba como su madre. «Debí traer un paraguas, lástima» se dijo al ver a dos prostitutas en una esquina que le sonreían grotescamente y le hacían señas con una mano mientras con la otra sostenía cada una un paraguas. Pensó que ahora era parte de la medianoche, de ese teatro de miserables, la exhibición burlesca de drogadictos, fracasados, prostitutas, criminales, empresarios que no son más que autómatas vacíos que engañan a sus esposas; esposas sexualmente frustradas que engañan a sus esposos, y personajes dantescos que formaban la imaginería de las peores calles de París, incluso gente decente que está a pocos pasos de caer por el altísimo precipicio de la vida.
Debía llevar más o menos una hora caminando cuando se hartó de la lluvia y de la idea de que lo único emocionante que encontraría esa noche sería algún tipejo loco, un ladrón de órganos o un heroinómano que querría robarlo para seguir inyectándose. No le apetecía volver a casa a encerrarse en su cuarto con olor a monotonía y a humedad, y decidió buscar algún lugar donde pasar el tiempo. Caminó hacia Saint-Ouen por un sendero de callejones estrechos y oscurísimos que, a juzgar por el olor, habían sido orinados por todos los mendigos de la zona, hasta que dio con un pequeño bar que parecía más bien una tienda de antigüedades abandonada y habitada ahora por una familia de ratas y desamparados. Al pasar ni siquiera se dio cuenta de que era un bar, habría pasado totalmente desapercibido si no fuese porque desde dentro le llegó el sonido de la trompeta de Miles Davis en Freddie Freeloader, su canción favorita: aquello fue como una revelación divina, un designio de una deidad que le anunciaba estar cerca de encontrar ese algo que buscaba en las entrañas del chacal parisino.
El lugar era asqueroso: paredes castigadísimas por la humedad, adornadas con recortes de periódicos y fotografías de tipos que se parecían a Al Capone, fotos de caballos, de automóviles clásicos y de músicos de jazz dispuestas como si se tratara de un altar; era una habitación mínima alumbrada por una luz naranja tenue y adormecedora. Tan solo había cinco mesas y una barra de madera desgastada, todo cubierto por un hilo de polvo que parecía eterno. En la mesa más cercana a la puerta estaban sentados dos gemelos calvos, idénticos en todo salvo en las cicatrices que tenían en la cara; ambos vestían igual: camiseta blanca, jeans y botas de militar y tomaban ginebra directo de la botella mientras observaban a un tipo que, en otra de las mesas, temblaba y sollozaba mientras murmuraba palabras incomprensibles y daba puñetazos a la madera. En la mesa más alejada un mendigo  ciego fumaba un habano mientras seguía con los dedos el compás de la canción; vestía un traje marrón tan sucio como el bar pero jamás un mendigo fue tan elegante como aquel. Se quedó pasmado observando al hombre hasta que una voz femenina lo sacó de su ensimismamiento. «Para mí, en la música y en la vida todo es estilo», decía para sí misma una mujer sentada en la barra con un cigarro en la mano derecha y un vaso de whisky en la izquierda.
Estaba emocionado: el bar pasó de ser el lugar más aterrador en el que había estado a ser el más excitante, y eso se lo debía al mendigo y sobre todo a la mujer. Debía tener más o menos su misma edad, ser otra veinteañera desterrada buscando exilio en la nostalgia de décadas desconocidas, aunque la confianza con la que sostenía  el vaso de whisky y la seguridad que emanaba del humo del cigarro la hacían parecer mucho mayor. El hecho de que fuese hermosa lo hacía sentir completamente intimidado, como una cucaracha temblorosa bajo la sombra de una bota. Llevaba un fino vestido negro y un sombrero de hongo se posaba sobre su cabello negro y corto; parecía haber quedado atrapada en una época remota, como si el bar evitase el paso de los años y ella viviera eternamente en los 50, aferrada con las uñas a una época que solo conocía de sueños y postales, negándose a dejarse arrastrar por la fuerza abrumadora del tiempo propio, de ese nuevo milenio triste y maldito. Era como una Audrey Hepburn perdida, dueña de una belleza radiante que salía de sus poros e iluminaba ese matadero espeluznante que olía a jazz y a escocés  barato. Pero no era su hermoso rostro pálido lo que más le atraía, sino el hecho de que, en apariencia, amaba la música de Miles de la misma forma que él. Le pareció que ella era una prolongación de la música, una hija de la trompeta y el piano. En otras circunstancias jamás se habría acercado a ella, se habría dedicado a observarla desde lejos con un anhelo patético en los ojos, pero la trompeta de Miles de fondo y el escenario digno de una película de mafiosos le produjeron una especie de éxtasis glorioso que lo hizo caminar hacia la barra con paso firme e impávido a pesar de estar empapado y sentirse miserable. Esa noche él sería el protagonista de aquella película, no le importaba no saberse el argumento ni los diálogos: por primera vez en su vida improvisaría.
El hombre detrás de la barra, un anciano amargado y calvo con una gran barba blanca, gruñó cuando le pidió un vaso de whisky al sentarse. La mujer fijó su atención en él y observaba divertida su falta de experiencia en el protocolo de pedir un trago. El anciano le sirvió en un vaso sucísimo que sentía que debía beber de un sorbo para poder hablarle a la mujer. Eso hizo y los resultados fueron lamentables: comenzó a toser al punto de casi llegar a vomitar mientras la mujer reía divertida. Cuando se recompuso sintió ganas de salir corriendo y olvidar el bar y las expectativas, pero la mujer le habló antes de que pudiera levantarse. «Se nota que estás fuera de tu elemento, ¡salud por eso! Estoy harta de aquellos imbéciles que llegan y se sienten con el derecho de invitarme a un trago, como si fuese carroña. Claro, eso no suele pasar a menudo: aquí siempre estamos los mismos y casi nunca sentimos la necesidad de hablar con los demás, simplemente venimos a disfrutar de la música y el alcohol. El único código de vestimenta que importa aquí es el verse miserable y tú, amigo mío, te ves muy jodido, ¡salud por eso!» Levantó su vaso y bebió un largo sorbo. Le agradaba el hecho de que hablase tanto que él no tuviese que llevar el peso de la conversación, algo en lo que fracasaría irremediablemente. Le gustaba su voz, pausada y monótona pero que, lejos de aburrir, cautivaba, como si cada palabra que pronunciara fuese una verdad absoluta; dejaba escapar cierta tristeza áspera y enigmática que ocultaba o dejaba escapar deliberadamente según le convenía. No sabía qué responder pero la mujer continuó hablando «vengo aquí a menudo desde hace un par de años y tú eres el primero que se sienta a mi lado sin decirme una palabra. De vez en cuando ha entrado algún imbécil a querer invitarme un trago y buscarme conversación, menos mal que nunca vuelven porque, al salir, los hermanos les dan una paliza, no les gustan los nuevos, así que te aconsejo que tengas cuidado» Volteó a la mesa de los gemelos y observó que lo miraban con ojos feroces, con una expresión que denotaba una rabia etílica e impasible. Tragó saliva y pidió otro trago, ya se las arreglaría para salir sin que lo destrozaran a golpes. «Este sitio es una mierda, es horrible de verdad; por eso me gusta: no pretende ser lo que no es, es auténtico y no quiere ocultarlo, ¡un auténtico bar de mierda! Además Armand tiene una colección increíble de discos de jazz: Parker, Ellington, Evans, Coltrane, Shorter, Art Blakey, ¡todo lo que te puedas imaginar! Este es mi templo y el whisky y la música son mi ritual. Y Miles, ¡Miles! Qué glorioso hijo de puta, debe estar tocando la trompeta al lado de Dios en este momento. Mi padre me enseñó a amar el jazz desde muy pequeña; casi todos los recuerdos de mi infancia están ligados a alguna canción de jazz. Mientras las demás niñas de mi edad querían ser como Britney Spears, yo quería ser como Ella Fitzgerald, cantar con esa voz que llegaba hasta el alma más callosa y que podía hacer brotar lágrimas de los ojos más secos; quería transpirar esa confianza y mostrar ese porte con el que podrías conquistar el mundo si te lo propusieras. Ay, Ella, mujer hermosa, debes estar cantándole a Dios mientras Miles improvisa. Qué grandes, qué grandes… mi viejo debe estar allí oyéndolos, ¡qué envidia! Vinimos a vivir a París porque él quería escribir aquí y a los pocos años enfermó y murió, de un día para otro. No pudo terminar su novela, y lo que es más triste: jamás me vio en el escenario porque de pequeña sufría de pánico escénico. El alcohol curó ese mal pero ya mi padre no estaba para verme, aunque de todos modos para que yo descubriera el efecto balsámico del alcohol, papá tenía que morirse. La tristeza de su muerte nutrió mi voz, la dotó de una nueva fuerza desconocida, una melancolía deliciosa sin la que es imposible cantar jazz, ¡una niñita feliz no puede cantar como Ella Fitzgerald! Por eso le agradezco a mi padre haberme dejado ese último regalo cuando murió.»
El mendigo se había quedado dormido sobre la mesa, incluso sus ronquidos parecían acompasados con la música. El hombre que sollozaba escribía frenéticamente una carta que salpicaba de whisky cada vez que bebía un trago. Los gemelos seguían observándolo fijamente, amenazadores como lobos, sin siquiera parpadear. No sabía cómo lograría salir de aquella situación y el miedo impedía que le prestara toda la atención que quería a la mujer. Estaba inquieto y adormecido por la luz y por la sensación estar atrapado en una época remota y sempiterna en la que Miles Davis, John Coltrane y Wayne Shorter aún vivían y llenaban el mundo de música sincopada y frenética, exuberante de emoción, de sensualidad y vida, cruda como la carne. Afuera comenzaban a oírse truenos, las gotas de lluvia golpeaban cada vez con más fuerza la fachada y las ventanas de aquel edificio que parecía no poder resistir por mucho más tiempo el azote de la naturaleza. Pasaron varios minutos sumidos en un silencio espectral durante los cuales intentó hablar, decir algo inteligente y emocionante que hiciera que la mujer volteara y lo contemplara con admiración, pero no se le ocurrió nada.  
Los minutos morían uno tras otro y lo único que se le ocurría hacer era seguir bebiendo. Las notas de Kind of Blue se extinguieron y el viejo que atendía el bar puso un disco de Ella Fitzgerald. De repente la mujer volvió a hablar y su voz sonó amarga, llena de hastío y arrepentimiento. «Deberías ir a verme cantar alguna vez. Se te nota que la trompeta de Miles te llega al alma. Eres el tipo de público que quisiera en mis presentaciones, no a imbéciles que van a ver un par de piernas sin prestarle la menor atención a la música. ¡Súbele a eso, Armand, que en cualquier momento nos morimos sin haber disfrutado lo suficiente!» Dijo al hombre de la barra cuando comenzó a sonar They Can’t Take That Away from Me. «No sé qué haría sin la música. Le da sentido a toda esta monotonía, a esta monocromía; pensé que París sería mucho más emocionante que Chicago pero solo lo es en apariencia, en el fondo todas las ciudades del mundo son idénticas: pozos sin fondo en los que tienes que aferrarte a algo para no desaparecer. Quiero salir de aquí donde lo único divertido es el sexo y, créeme, no hay nada tan poco divertido como el sexo por diversión. Estoy harta de todo, realmente. Lo único que tiene sentido es pararme en el escenario, es el único momento en el que soy genuinamente libre. No, no, they can’t take that away from me! », Comenzó a cantar con una voz profunda y grave, desgarradora y sensual, totalmente diferente a su forma de hablar. « ¡Qué pieza, Dios mío! ¡Ponla otra vez, Armand! ¿Pero es que tú no hablas? Deja de mirar a los gemelos, si eres bueno conmigo no te harán nada y hasta ahora vas bien, pero cuéntame algo de ti. No eres mudo porque has pedido varios whiskys ya, que por cierto te has tomado demasiado rápido si me lo preguntas. Aunque debo decir que me gusta tu silencio, deberías decirme algo. Al menos dime tu nombre.» Al muchacho le costaba seguirle el hilo a la conversación. Se sentía pesado, adormecido y completamente torpe. Respondió con voz tímida, ni el whisky podía borrar su timidez. «Me llamo Frédéric, pero dime Freddie, me gusta mucho Freddie Freeloader. Y ¿qué puedo decir? A veces el silencio es el más fuerte de todos los ruidos, como decía Miles.» Cada palabra parecía costarle un esfuerzo descomunal, pero al oírlas la expresión de la mujer cambió por completo: hasta ahora había sido una expresión divertida, como si hablara con un niño. Cuando Freddie parafraseó a su dios, la expresión de la mujer adquirió profundo interés, como si de repente se fijara en un objeto viejo y aburrido y descubriese en él algo nuevo y emocionante. En cambio, el muchacho se sentía cada vez más desligado de la realidad, cada vez más hundido bajo el peso de sus propios párpados; aquel cuadro iba adquiriendo para él tintes y colores cada vez más difíciles de entender. Por primera vez en la noche, por primera vez en la vida, la música le molestaba. «Señor Freddie, lléveme a un lugar bonito donde podamos hablar. Eso o no podré hacer nada para evitar que los gemelos te conviertan en un personaje digno de un cuadro cubista, ¿qué dices? Como dice la canción: we may never, never meet again». Afuera los gemelos se entretenían golpeando al hombre que lloraba; en el bar los ronquidos del mendigo sonaban más y más fuerte. Freddie se sentía cada vez más mareado, el bar era una fotografía borrosa ante sus ojos y el mundo daba vueltas cada vez más rápido. Intentó recomponerse, se levantó y asintió a la mujer. Ella sonrió con preocupación, Freddie parecía a punto de colapsar…
Despertó en un callejón detrás del bar con la sensación de que diez mil percusionistas practicaban dentro de su cabeza y un miedo y una sensación de derrota que le aplastaban el cuerpo y el alma. «Maldita sea, Dios mío, maldita sea. Esa mujer debe haberme drogado para robarse mis órganos o algo peor, maldita sea…» pensó como si esa fuese la única explicación posible para el hecho de que aquella mujer le hablara. Recorrió sus costados y su estómago con las manos en busca de alguna cicatriz pero lo único que encontró fue una nota escrita con una temblorosa letra cursiva. “Te dije que bebías demasiado rápido, ¡qué lástima! No deberías tomar así si no estás acostumbrado. Aún me debes una conversación. Ven a verme cantar una de estas noches, te dejo la dirección. P.D.: los gemelos querían llevarte a casa con ellos, les pareciste lindo, ¡me debes la vida!”. Lejos de alegrarlo, la nota solo hizo que se sintiera peor, infinitamente más estúpido y avergonzado; casi habría preferido perder un órgano. Jamás iría a verla cantar, esperaba no volver a verla nunca, la vergüenza lo intoxicaba como un parásito extendiéndose por todo su cuerpo. Siempre sería esclavo de su timidez, siempre estaría marcado por los estigmas infames de la introversión; jamás sería como Humphrey Bogart. Sintió ganas de llorar y vomitó todo excepto sus penas. Jamás sería Humphrey Bogart.

Luis D. Bolívar


Esa noche luego de leer esta historia soñé con París.