Cuando la persona a la cual apreciamos y tenemos confianza nos hiere es algo que nunca nos esperamos, te llenas de ira, y te encierras en ti misma, a veces podemos llegar a ser tan hirientes con las palabras, pero a estas alturas ya no sé si era yo la que se asentaba en ser frágil y delicada, y tu silencio vaya que ese era un castigo peor que cualquier palabra, así lo fue por mucho tiempo, así lo fue siempre. Y la verdad es que yo me mantuve firme y sincera, pero eso de suplicar perdón me salpica en el vestido y te dejaba sin apetito. Aceptaba mi culpa con dignidad, esperando ese día que volvieras a mis brazos mansa y domada, que te dieras cuenta que era honesta entre mi torpeza, que ese teatro con estelar de maquiavélica contigo se me desahcia entre el cabello en tres segundos, exactamente los tres segundos que tardabas en voltearme el mundo, sacarme de él y volverme otra espectadora con tu compañía, pero tú te volvías la autora en complicidad, ¿acaso no lo sabías? Eran esos momento que me quería fundir en tu sensual obstinación, encenderte la luz roja y que no pudieras detener toda esa energía que te rebozaba. Pacificarte entre el romance y lo imprevisible de tu naturaleza huracanada esa que me intimidaba y me noqueaba con certeza. Y es que quemabas con tu identidad segura, tus reacciones explosivas y tu complejo de estrella fugaz. Al final te saliste con la tuya, mírame aquí agitando una bandera blanca, con la incertidumbre como abrigo y ahora con derechos de autora entre mis dedos fríos.
