El
frío de mi cuerpo es un frío de ausencias, el frío de mis manos es señal de
vacío; el frío de mis labios es signo de nostalgias; estoy extrañándote, mi
pensamiento te busca por caminos inhóspitos y no te consigue, una vez te dije
que nunca te escribiría nada más, “nunca escribiría nada para una mujer”, bien,
esta caja de palabras se rompió, no sé como lograste romperla, nunca nadie lo
había hecho. Estamos tan lejos, podría tomar un bus e ir a verte, sería tonto
me repito, no lograría nada, más que sentirme como una imbécil al no saber qué
decir, al no saber que sentir, es tan difícil alcanzar el paso de tu sombra; estoy mal y tengo miedo, tal vez el terror de verme muriendo en tu olvido, cerraría los
ojos y me darías un último beso, me pregunto si al menos eso, te parecería que
luzco linda, tal vez hermosa, o nisiquiera me mirarías, siento ganas de llorar
y no hay razón para mis lágrimas que no lleven tu nombre. El frío de mi mente
me dice que desaparezco y me trato de salvar imaginando que me quemo en ti,
mirándome, sonriéndome, mirándote, pero es solo el espejismo de todas mis
irrealidades, es el depósito de mi alma que me hace creer que son verdades
todas mis mentiras, me podrías conseguir después del bosque, como nuestra
primera cita planeada, el 12 de mayo, justo dos horas antes de la media noche,
tu cumpleaños, segura de que no la recordarás. Entre cabellos y ansiedad la
única salida que me quedaba era tu presencia, las certezas que huelen a ti, la
precisión de tus palabras, el eco de tu risa, lo infinito de tu mirar, ay qué
vergüenza, lo maravilloso de tu esencia, la luz de tu alma, la fuerza de tu
corazón, el valor único de tu pureza, son tantas las cosas de ti que me faltan,
que me ahogo en las ansías, que percibo un futuro donde no habrán horas
compartidas, que ya se acaban las hojas contadas, que sobreviví y me hice más
fuerte, que fui la primera en irme y la última en llegar.
Y así es como veo que el invierno llegó antes de que todas las hojas se hubieran ido.


